jueves, 9 de abril de 2026

UNA HISTORIA MITOLÓGICA POSTMODERNA

Dorotea era una ninfa, una pequeña criatura halada que habitaba cerca de la charca de un lago. Volando entre los árboles, se confundía entre sus hojas, marrones, rojas y amarillas en otoño, y verdes en verano. La naturaleza se fusionaba con ella, su vuelo obedecía al viento, los colores de su cuerpo obedecían a la estación, la luz del sol y la luna se reflejaban en sus alas de la misma manera que en las hojas de los árboles. Ráfagas de plata parpadeaban en las húmedas noches contrastando con el oscuro ultramar del cielo.

Pese a llevar 400.000 años en el mundo y 1.000 en esa charca, Dorotea se seguía extasiando con la belleza de la naturaleza como el primer día; su cabeza de ninfa, sus alas de hoja, su esqueleto interno como ramitas y palos... estaba hecha para ello. Su tarea había sido siempre la misma, durante milenios, ser una parte más de esa charca, de ese paisaje, de la naturaleza, de este planeta, de las estrellas, del universo, de la realidad. Cualquier cosa palidecía frente a ello;

"Hoy ha salido nublado y las flores rojas no tienen la vibración de color que suelen tener" pues la luz suave dotaba al rojo de un modo especial de ser, aterciopelado.

"Tengo la suerte de ver las cosas en un estado que no es el usual". De cada compleja situación que la sacara de su rutina, entresacaba ese punto positivo, una luz que iluminara su cerebro, una luz de vida y acción, un pequeño genio escondido capaz de producir una descarga eléctrica. Esta capacidad de emocionarse con el cambio era, en opinión de Dorotea, su mejor virtud.

Sólo hacía 20 años ella misma había protagonizado el suceso cósmico más importante ocurrido, al menos en los últimos 400.000 años, y que ella supiera. Una noche el tiempo se detuvo, las agujas dejaron de correr, el tiempo dejó de fluir. Las aguas de su charca se quedaron como cristales a través de los cuales sólo se veía una luz opaca en el fondo, un fondo negro, infinito, aterrador e incomprensible. Ella misma había salvado el mundo del completo estatismo, había roto los cristales de las aguas y con la fuerza del batir de sus alas había hecho correr el aire de nuevo. Si alguna vez hubo un primer motor, éste se apagó, y Dorotea tuvo que asumir su trabajo sin que nadie le avisara. Si había un hacedor de la realidad, Dorotea tenía ganas de pedirle explicaciones y quizá alguna compensación. Estando Marte, dios de la guerra, Plutón dios de los infiernos y otros más, capacitados con las más grandes fuerzas de la naturaleza, no entendía cómo había tenido que hacerse cargo ella, una ninfa diminuta, en una pequeña charca, en un planeta de la vía láctea. Ya había pasado bastante tiempo desde aquello y aún estaba esperando un agradecimiento, quizá no del creador del Todo en persona, pero al menos sí una carta redactada por su secretaria y firmada por él.

Sin embargo, para ella, no todo eran pensamientos iracundos; tras su hazaña, Dorotea ganó en autoafirmación, lo suficiente como para darse a sí misma el título de: Liberadora del tiempo.

Dorotea: Ninfa de la charca y liberadora del tiempo, era un título importante, sonaba elegante y maduro. Al principio se le ocurrió: Dorotea: Ninfa de la charca y Segundo Primer motor, el título era más importante pero confuso en su formulación. En todo caso, en aquel lugar solitario donde a la compañía la suple la contemplación de la belleza, no importa tanto como te llamen los demás, pues a falta de ellos, tan solo quedan los pensamientos internos propios y solitarios.

Llegó la temporada de lluvias, como cada año. Dorotea temía la estación lluviosa porque contenía una continuidad aterradora. El día que el tiempo se paró sólo hubo que darle cuerda otra vez, recolocar el engranaje que había saltado y empujar levemente la maquinaria, para que gracias a este impulso el movimiento continuase, siguiendo su lógica interna, hasta la eternidad. Pero ¿y si el tiempo se enganchaba en un tramo del bucle? como un disco rallado. Repitiendo un trozo para siempre, en lugar de poder desplegarse creando la sensación de intrincada linealidad. A Dorotea le aterraba este círculo del eterno retorno de lo mismo. Tenía preguntas: ¿Volvería el tiempo a detenerse, como cuando ella lo puso en marcha, cuando el gran círculo recorriese de nuevo ese tramo? ¿y si.. había sido una anomalía? ¿el tiempo circular era falso? ¿El tiempo lineal era verdadero, cuánto tiempo habría de transcurrir para llegar de nuevo a ese tramo? ¿ese tramo había sido tan sólo un pequeño fallo, una excepción que confirma la regla? ¿o bien era un contraejemplo que mantendríamos en la causalidad de un mundo lineal hasta la llegada de algún otro acontecimiento?

Cada temporada de lluvias buscaba una cueva, siempre distinta, para desafiar al círculo del tiempo, y pasaba allí los días contemplando el espectáculo pero con la incertidumbre mortal de no saber qué día sería distinto, cuándo los acontecimientos cambiarían para dejar paso a la novedad en la repetición. ¿Y si nunca dejaba de llover? no podría, entonces, volver a volar entre las hojas, el agua de la charca nunca sería un espejo en calma, siempre parecería un rallador de queso. Ese año, la lluvia caía con una suavidad especial, parecía que cada gota se depositaba en las rocas sin salpicar, como resbalando, sin dividirse, por la superficie de los cantos rodados. Dorotea miraba sin perder detalle, tratando de ver el cambio en su interior, la diferencia que destacara en la homogeneidad, la luz en el interior de la oscuridad. En un momento dado, a falta del acostumbrado salpicar de las gotas de lluvia, le parecía aceite o queroseno lo que caía del cielo.

"¿Dónde está la división? ¿A qué viene tanta homogeneidad?"

Se concentró en percibir la distorsión pero no aparecía, y pronto empezó a desasosegarse, y más tarde a aburrirse profundamente. Todo un espectáculo de gotas, reflejos y hojas bailando, pero siempre el mismo. Después de tres meses se lo sabía de memoria. Salir a mojarse en algo que parecía queroseno no era una opción, así que Dorotea se sentó, metió la cabeza entre sus rodillas y se convirtió en una piedra más de la cueva, sólo esperando, manteniéndose en la existencia mientras dejaba de llover, pero tan sólo eso manteniéndose viva.

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