Poco a poco la cueva empezó a sentir a Dorotea como a una piedra más, todas las partículas invisibles de las que estaba formada estaban ordenadas y oprimidas en cárceles geométricas que la fijaban en la existencia. Las paredes y el suelo de la cueva empezaron a menguar y pronto se vio formando parte de la pétrea permanencia de la misma.
La repetición se tornó silencio y éste dio paso al miedo. Algo la observaba entre la hierba, en su mente veía unos ojos rojos que la miraban, le pareció oír un chasquido, luego otro, finalmente una ráfaga de muchos seguidos. Y por fin estaban cara a cara, no se sabe muy bien cómo.
La había encontrado, aún estando mutada con la roca de la cueva. La miraba con ojos brillantes y húmedos, vacíos de entendimiento pero llenos de una extraña llama. Una llama roja intensa pero opaca, capaz de iluminar el interior de un vacío abismal pero incapaz de alumbrar el mundo. Una luz extraña, que no formaba parte de la existencia, y no podía iluminar nada como para que este objeto quedase definido y proyectase una sombra. Era sombra misma, la luz opaca de la sombra, que penetraba en su interior, escrutando su alma, rebotando por dentro de su cuerpo como buscando algo indeterminado, pero con la ansiedad instintiva de una bestia salvaje que busca el alimento que le falta.
Dorotea permanecía atónita y paralizada, mientras la criatura la investigaba. Acercaba la nariz para oler los pliegues de su carne pero nunca la tocaba. Pronto empezó a sentir escalofríos mientras notaba cómo se intensificaba la mirada sobre ella, parecía la presa de una serpiente que se yergue intimidante. Ahondaba más y más, desordenando su interior en busca de algún preciado tesoro.
El escalofrío se transformó en dolor y espasmo, un frío hielo corriendo por sus venas le hizo desviar la mirada hacia la carne de sus piernas, que ya se estaba volviendo azul y morada. La textura de la carne le recordó algo que se hizo notar en su vientre, el calor de un hogar que le calentaba desde dentro. Concentrada en eso apretó los puños y ardió, ardió con una llama alta e intensa que alumbró el mundo, incluso lo combustió. El espíritu salvaje se abrasó entre las llamas y desapareció.
Una lluvia fortuita apagó los restos del incendio, y Dorotea se tendió, exhausta, entre unas flores rojas que habían quedado tumbadas por la acción del fuego.

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