domingo, 17 de mayo de 2026

ACEFALIA

(La existencialista historia de la ninfa que parió al hombre postmoderno)

El niño sin cabeza se alejó, andando por el camino marcado por dos doncellas, cada vez su silueta se tornaba más difusa hasta que se hizo invisible. Dorotea se mantuvo estática y viva, más que eso, ahora miraba las hojas que se mecían por el viento, las aguas con los reflejos de las luces, las flores con sus vibrantes colores, de la misma forma que antaño, la belleza se mantenía pero esta vez era otra porque sus ojos, que la miraban, eran otros ojos. Ojos que miraban al abismo, un abismo teñido de verde y marrón, de rojo y violeta, con pinceladas de viento y reflejos de luces. Sentía cómo el dolor había lacerado su alma, como una enfermedad mortal, y cambiado la visión de sus ojos. Cada nota, cada olor y reflejo, cada sensación se producía en este abismo inconexo e ilógico, en medio del azar. Su principio: fortuito, su final: impredecible, su sentido: inexistente. No formaba parte de un Todo, no tenía sentido y a la vez no pudo haber sido de otra forma volviendo a crear un patrón para formar parte del Todo. La realidad que ha sido y ahora era para Dorortea reflejada en su conciencia, adquiriendo, inventando e imaginando un sentido. Era contradictorio no era todo, pero lo era luego y así era Todo después, y para eso necesitaba primero ser. Y ser ya venía garantizado por ser mismo.

Pasaron siglos, estación tras estación volvió a repetirse la incesante lluvia, cada una fue diferente aunque sólo fuera porque no fueron la misma, y Dorotea siguió allí, formando parte de esos momentos, su escenario externo reflejado en sus ojos y sus ojos a la vez reflejando un paisaje interno en cada forma de hoja o tamaño de flor, o incluso evocando ese recuerdo de un lugar con puentes que visitó en su juventud, y que vino a su mente una noche en la que la luna creciente se reflejaba brillante en el agua.

Dorotea reflexionaba una mañana de otoño, mientras el sol hacía que el agua pareciera de plata. Un momento triunfal, escenario y ninfa en sus papeles perfectos. Puso su mano en un rayo de sol que salía de entre dos piedras, un dibujo geométrico se formó como fuego en la blancura de su piel mientras otras partículas luminosas se desperdigaban por el resto de su mano, como polen dispersado en el ambiente. En este momento Dorotea decidió otorgarse un nuevo título: Dorotea: Ninfa de la charca, liberadora del tiempo y hacedora del mejor de los mundos posibles.

Estaba hecha para ello, su cabeza de ninfa, su vuelo errático pero elegante, sus piernas no más anchas que los pistilos de las flores; estaba hecha para formar parte del mundo, percibirlo, transformarlo, sufrirlo y aburrirse de él. Y no es que el mundo sin ella hubiera sido otro, sino que sin ella el mundo no hubiera sido en absoluto.

Como un sello en la materia los pensamientos de la ninfa Dorotea quedaron impresos en este libro.

"¿Por qué Dios delega su trabajo en nosotros? ¿Dios necesita de nuestra experiencia de Dios para existir? Un Dios que se precie tendría que haber venido dado, dado inequívocamente y en toda su definición; así nosotros, humildemente, habríamos operado con él. Si Dios nos obliga a fundamentar nuestra existencia entonces podemos dejar de llamarle Dios, o incluso podemos darle otro nombra, Maxwell por ejemplo"

Más tarde, superando este pensamiento, la ninfa Dorotea continuaría con su vida y protagonizaría otros episodios dignos de mención, pero eso ya es otra historia.

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